viernes, 17 de enero de 2014

La resiliencia se construye con las experiencias

Mucho se habla de resiliencia, por lo que me gustaría también hacer una aportación. 
La resiliencia se da cuando confluyen tres grandes variables: 
  1. La disposición de recursos externos. 
  2. La adquisición de recursos internos. 
  3. La atribución de significado o sentido de la adversidad. 
 ¿Cómo podemos fomentar estos 3 componentes en el ámbito del acogimiento residencial?
No es fácil y aunque la propuesta es una propuesta inacabada, me gustaría dar algunas pinceladas. Por un lado los educadores deben verse a sí mismos y sentirse como recursos, apoyos externos, ser tutores de resiliencia y en esta línea trabajar: estando disponibles, siendo cercanos y sensibles, teniendo capacidad de respuesta, a pesar de recibir rechazo. Debemos estar atentos a los estilos de relación de cada menor, para comprender como se relacionan y desde ahí enseñarles otras maneras diferentes como la disponibilidad, que nosotros les ofrecemos y expresamos con hechos a través de aquellos que nos rodean.
 Sin embargo también existen otros agentes externos: profesores, monitores, voluntarios, … con los que hay que colaborar y enseñar cómo son estos niños y jóvenes. Debemos proporcionar a los menores otras experiencias y abrirles el círculo social con más actividades y relaciones.
Para fomentar los recursos internos, en algunos casos necesitamos unas gafas especiales, porque el día a día se nos presenta lleno de engaños, malas contestaciones, indiferencia emocional, sin embargo si no somos capaces de ver las cualidades, las habilidades, les estaremos devolviendo una imagen de sí mismos de ser una persona que no merece la pena. No podemos olvidar que la imagen que cada uno tenemos de nosotros mismos se genera a partir de la que nos devuelven los otros. La mirada del otro tiene un gran poder, tanto para lo bueno como para lo malo. 
Y en tercer lugar es muy difícil dar sentido a experiencias vitales de abandono, violencia, enfermedad, manipulación, etc. Los menores ya se han dado un sentido, una explicación y es que no merecen la pena ser queridos, y esta es la imagen que están proyectando cada vez que se relacionan con los demás (niños, educadores, profesores). Debemos ayudarles a reconocerse como víctimas, no como culpables. 
Como profesionales que trabajamos con menores víctimas de maltrato estamos obligados a mirar más allá de la conducta que presentan los menores en la convivencia diaria y ser capaces de descubrir cuales son los modelos operativos internos del sí mismo y de los otros en la relación, para ser capaces de ofrecerles aquello que cada uno precise, comenzando por ser el apoyo necesario para tener éxito en la vida y no repetir el patrón familiar de maltrato, negligencia, o abuso.
 ¿Hemos sido capaces de hacer el cambio de paradigma de considerar a los menores problemáticos, desafiantes, infractores, TDH, a menores con trastornos de apego, relaciones traumáticas, y víctimas? 
Nuestra experiencia nos dice que aún está pendiente.

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